Una bofetada que salvó una vida

Hace aproximadamente un año se produjo un suceso en Irán ciertamente impactante, tanto por su desarrollo como por su final.

Balal, un iraní de 26 años, se encontraba condenado a muerte por un crimen que había cometido cuando tenía apenas 19 años. En mitad de una pelea le había dado una puñalada mortal a otro joven, Abdulá Husseinzadeh.

En base a la edad del condenado cuando cometió su terrible y desafortunada acción y, sobretodo, en base a la involuntariedad del fatal resultado, gran parte de la sociedad iraní fomentó una campaña pidiendo que se le perdonara. Algo absolutamente inusual en aquél país. Actores, presentadores y afamados futbolistas del país se movilizaron para reunir el millón y medio de riales (36.000 euros) que, unidos al perdón de la familia de la víctima, permiten según su Ley que el reo salve su vida.

El dinero de la indemnización se había conseguido pero no el perdón de la familia de la víctima. La gran mayoría de ellos lo habían otorgado, no así Maryam Husseinzadeh, la madre del joven fallecido, que se negaba en redondo a perdonar a la persona que mató a su hijo. Ni las llamadas de la prensa, ni de los famosos, ni de gran parte de la sociedad iraní habían servido para que Maryam otorgara su perdón.

Llegó el día programado para la ejecución pública y el perdón continuaba sin otorgarse. Balal fue encadenado de pies y manos y le taparon los ojos. La muchedumbre congregada imploraba su perdón. Pero nada parecía poder evitar el fatal desenlace.  Le colocaron la soga al cuello. Su vida acabaría en tan solo unos segundos.

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Justo detrás de él se encontraba Maryam. La Ley otorga a la familia de la víctima la posibilidad de empujar la silla y ejecutar así al reo. Sin embargo, la vida de Balal (y la de Maryam también) dio un vuelco en tan sólo un segundo. La madre del fallecido no empujó la silla sino que dio una bofetada al reo para, acto seguido, quitarle la soga del cuello otorgándole su perdón. La multitud rompió a aplaudir. Balal rompió a llorar.

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Al menos en esta ocasión una madre tuvo el valor, y la grandeza, de evitar con su perdón una gran injusticia. Al final la madre del fallecido y la madre del condenando se fundieron mientras lloraban en uno de los abrazos más bonitos que pueden existir.

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