Historias de una final

Si analizamos el fútbol desde un punto de vista frío y racional podríamos acudir al famoso tópico de “sólo son once tíos en calzoncillos persiguiendo una pelota”. Evidentemente para muchísimas personas su equipo de fútbol es mucho más. Son cervezas compartidas con los amigos; eufóricos y espontáneos abrazos; sueños comunes; decepciones conjuntas. Victorias, derrotas y revanchas. Casi siempre en compañía, el fútbol conjuga muy mal con la soledad. Hace apenas unas horas dos equipos de nuestra ciudad han disputado la final de la Copa de Europa.

 

Por ello dedicamos el post de esta semana (con un poco de retraso) a algunas pequeñas, humanas y maravillosas historias relacionadas con esa final.

  • El incansable ciclista madridista:  Piotr Sznura es un joven polaco que vive en Múnich. Forma parte de la peña madridista de aquella ciudad. Se hizo del Madrid con aquél gol de Zidane en la final frente al Bayern Leverkussen. Cuando Zidane se hizo cargo del equipo, allá por enero, prometió a todos su compañeros de peña que si su equipo llegaba a la final iría a Milán en bicicleta, desde Múnich. Son 681 kilómetros con terreno montañoso de por medio. Piotr no consiguió entrada para ver la final pero una promesa es una promesa…así que se montó en su bici y comenzó a pedalear rumbo a Milán. Pasaba las noches en su tienda de campaña y tuvo que soportar varias jornadas de inclemencias meteorológicas pero, por fin, llegó a su destino. Su encomiable esfuerzo tendría premio, su historia llegó a las redes sociales y cuando fue conocida por el Real Madrid le regalaron una entrada para ver la gran final.
  • La iglesia en la que se cantaron los goles: El Padre Ángel, en coordinación con la ONG Mensajeros por la Paz, decidió que las personas sin hogar también tenían derecho a ver la final, cómodamente y con sus viandas. Por ello adaptó la Iglesia de San Antón, en pleno centro de Madrid, para que todos aquellos que no tenían casa donde ver el partido ni medios para verlo en un bar, pudieran acudir a disfrutarlo allí.Foto: Las puertas de la iglesia lucen los escudos de ambos equiposEl éxito de la convocatoria fue inmenso, de hecho tuvieron que abrir una estancia supletoria. En esa iglesia se juntaron personas de todas las edades, corneadas por la vida, que durante unas horas dejaron de ser personas sin hogar para volver a ser, simplemente, los hinchas de su equipo.

Y terminamos esta resumen de pequeñas grandes historias de la final con una de un atlético…sí, barremos para casa (no lo podemos evitar). Para demostrar que la afición del Atleti es sencillamente diferente se podrían contar mil historias, pero hemos elegido la de nuestro buen amigo atlético Juanma que reflejamos con sus propias palabras:

  • La ilusión de un atlético:Hace dos semanas se me ocurrió una idea: le escribiría a mi hijo Juan una carta contándole mi gran alegría por compartir con él nuestra primera Champions, y explicándole que hay muchas cosas más importantes que el fútbol, pero que ser del Atleti no sólo tiene que ver con el fútbol. Se la dejaría escondida en algún lugar de la plaza de Neptuno, y la recogeríamos por sorpresa cuando estuviéramos allí celebrando el título, si éste llegaba. Con los ojos vidriosos, le escribí esa carta en la oficina el martes antes de la final, la pinté con franjas rojiblancas, la metí en un plástico protector en el que escribí “POR FAVOR, SI NO TE LLAMAS JUAN Y NO TIENES 6 AÑOS, NO ABRAS ESTA CARTA” y me fui a Neptuno a eso de las 13h, sin dar explicaciones en el trabajo. Con mi traje y mi corbata, recorrí la plaza buscando un emplazamiento seguro en setos, columnas o bancos; todo ello ante la mirada inquieta y extrañada de transeúntes y algún policía. Finalmente, pegué la carta bajo un banco de piedra, con la ayuda de un chicle que acababa de comprar (primera vez que compro chicle en los últimos 20 años, y primera vez que hago semejante guarrería).Al día siguiente, saqué tiempo de donde no lo tenía para volver y comprobar si la carta estaba en su sitio; pero no la encontré. Así que regresé a la oficina, repetí el proceso completo, saqué 4 fotocopias de todo, y compré una masilla de esas que venden en las papelerías. Como ya no me daba tiempo a irme otra vez, fue el jueves cuando, también en horario laboral, traje y corbata en perfecto estado de revista, dejé escondidos los cinco ejemplares en los alrededores de la plaza, escondiéndome de los ojos de quienes pasaban a mi lado. Me había costado, pero por fin todo estaba preparado.El sábado Juanfran la pegó al poste, y lloré como un niño, a mares, pensando en que mi hijo nunca leerá esa carta. De momento, y mientras surge una nueva oportunidad, intentaré transmitirle lo que es la ilusión.

     

     

     

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